Piensa en un coach como un entrenador de un atleta; el coach guía, acompaña, le da la técnica, pero es el atleta quien realiza TODO el esfuerzo, es el atleta quien corre los 42 km. Te diría que, si la pareja-coachee, no asume un compromiso real y la determinación para cambiar eso que no viene funcionando, el proceso no es más que una posibilidad.
El proceso de coaching consiste en una serie de sesiones donde la pareja- coachee atraviesa por tres momentos, apertura, darse cuenta y accionar.
En la primera etapa: Apertura comienza con una declaración de quiebre (Esto que pasa en mi vida, lo que estoy sintiendo “ya no lo quiero más”). Inicia incluso antes de consultar al Coach. Y termina cuando reconoce que es responsable de sus decisiones, que es artífice de su destino y consciente de que el cambio depende de sí mismo/a.
Durante la segunda etapa: Darse Cuenta, el coachee recorre sus pensamientos, examina creencias limitantes y patrones familiares; reconoce sus propias emociones y valora las emociones del otro integrante de la pareja. Toma conciencia de lo que le es propio y/o impuesto y decide que mantener y que cosas dejar atrás, comienza “el soltar”.
En la última etapa: Accionar, se define y estructura la nueva forma de estar siendo para si y con el otro. Es aquí donde logramos escucha activa, acuerdos amorosos, aprecio y afirmación del otro integrante. Se conforman nuevas pautas de convivencia.
Todas las etapas son importantes, porque contribuyen al bienestar y no solo mejoran la relación actual, sino también las futuras.
¿Y si mi pareja no quiere hacer el proceso?
Para lograr un cambio significativo y rápido, lo ideal es que ambos integrantes participen del proceso. En algunas parejas hay personas más permeables a los cambios, dispuestos a entregar e intentar todo para sentirse en plenitud. La experiencia me dice que si uno de los integrantes decide modificar su actitud frente a esto que le pasa a ambos, cambia la pareja; se necesitan dos en el ring para pelear.
Si uno de los dos decide dejar de jugar al “juego de tener razón” y comienza a jugar a “ser feliz” invita al otro a participar.
La pareja se forma de a dos, se destruye de a dos; por acción, por omisión, por falta de compromiso, por no respetar lo convenido. No hay culpables e inocentes, no hay vencedores, ni vencidos. Si uno gana pierde la pareja.
No querer cambiar para mejorar la relación también es una decisión que debemos valorar, respetar, prestando especial atención a los motivos, para determinar si vale el esfuerzo de la otra parte.
Cierto es que quien transitaron el proceso han cambiado radicalmente su forma de relacionarse.
Cuando una persona aprende a valorarse y amarse a sí mismo, establece límites, se siente segura de sí; le enseña a su pareja a relacionarse dentro de un marco de respeto por la individualidad, reconociendo las habilidades de ambos para desarrollar un trabajo en equipo, porque la convivencia no es más que un trabajo complementario, en la diversidad todos crecemos.
Una de las creencias limitantes que debemos desterrar es la de buscar la “media naranja” o “el alma gemela” casarse con un igual es no solo aburrido, sino que no ayuda al desarrollo de la aceptación por lo diferente.
Cada persona llega a la pareja con una mochila cargada de experiencias y aprendizajes. Llego el momento de abrir la mochila y deshacernos de aquellos sucesos que son un obstáculo, no suman y complican la relación.




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